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Ensayo · Sociología y Violencia

La familia como primera institución:
¿cómo aprendemos a dudar de las víctimas?

Alexis M.V. - Cosiendo Alas

Lectura estimada: 6 min

Advertencia de Contenido

Este artículo analiza dinámicas de encubrimiento familiar y revictimización en casos de violencia sexual. Su lectura puede resultar detonante.

Cuando escuchamos la palabra "institución", lo primero que viene a la mente suele ser una oficina de gobierno, un juzgado o una dependencia pública. Algo lejano, algo ajeno. Sin embargo, hay una institución que nos atraviesa desde antes de que podamos nombrarla: la familia.

La familia es un sistema estructurado. Tiene prácticas —qué se celebra, qué se come, con quiénes se convive—, normas —cómo tratar a tu padre, cómo comportarte en público, cómo relacionarte con tu pareja—, y roles —madre, hijo, proveedor, ama de casa, hermana mayor. Todo esto no es accidental: configura un orden que nos dice cómo funciona el mundo antes de que tengamos herramientas para cuestionarlo.

Lo que nos enseñan sin decirnos

Dentro de ese orden familiar circulan símbolos, narrativas y significaciones imaginarias. Los símbolos son imágenes cargadas de sentido: un puño morado, una virgen, una bandera. Una misma imagen puede conmover a una persona y provocar rechazo en otra, dependiendo de la historia que cada quien carga consigo.

Las narrativas son los relatos que nos organizan la experiencia y la hacen parecer natural. "Las mujeres exageran." "A los hombres no les pasa eso." "Una víctima real se comporta de tal manera." Estas frases no nacen solas: se transmiten en la mesa familiar, en la escuela, en las canciones que escuchamos, en las películas que vemos, en los chistes que se repiten. Y tienen más peso cuando vienen de figuras con autoridad: un abogado, una maestra, un líder religioso.

"Estas narrativas no son ni verdades absolutas ni simples opiniones: son construcciones sociales que moldean cómo percibimos la violencia, cómo juzgamos a quien la sufre y cómo decidimos si alguien merece o no ser creída."

Del relato familiar al cuerpo: disposiciones y habitus

Lo que la familia nos enseña no se queda solo en ideas. Se incorpora al cuerpo y a las emociones. Pierre Bourdieu llamó habitus a ese sistema de disposiciones que interiorizamos y que estructura cómo percibimos, juzgamos y actuamos en el mundo. No es una decisión consciente: es una predisposición que se forma por repetición institucional y que produce respuestas automáticas.

Por ejemplo, dudar de una víctima no es simplemente "una opinión". Es una disposición: una tendencia incorporada que se activa sin que la persona necesariamente lo decida. Y esa disposición no viene de la nada. Se construye en familias donde el error se castiga, donde la sexualidad se reprime, donde la imagen vale más que la verdad, donde se aprende que ciertas violencias "no existen" o son culpa de quien las sufre.

Dos historias para pensarnos

1

El honor por encima del dolor

Imaginemos a un hombre, abogado, padre de familia tradicional, formado en escuelas católicas ortodoxas. Un día, uno de sus hijos le dice que fue violado por un compañero de escuela. ¿Qué sucede?

El padre le exige denunciar como prueba de que dice la verdad. Le cuestiona los detalles. Lo culpa por haber sido negligente. Le prohíbe contarle a alguien "por la reputación de la familia". Lo manda a trabajar para que "se le olvide".

El peso de la institución:

Actúa así porque su formación le enseñó que la violación es un asunto de honor, que los hombres no son víctimas y que la familia debe proteger su imagen antes que a sus integrantes.

2

La imagen de la perfección

Pensemos en una joven, criada en una familia de clase media donde la imagen lo es todo. Cuando su novio la viola, no tiene a quién contarle. Sus amigas minimizan lo sucedido. La escuela le dice que "no le corresponde" intervenir.

Cuando su familia se entera, la culpan, le quitan sus pertenencias y la recluyen "para protegerla del escándalo". Le dicen que lo que pasó fue consecuencia de sus "conductas de riesgo".

El efecto multiplicador:

La violencia no termina con la agresión sexual. Se multiplica a través de cada institución que debería haber sido un espacio seguro: la familia, la escuela, el sistema de justicia.

¿Por qué importa esto?

Porque la revictimización no es un accidente ni un exceso individual. Es el resultado de un entramado de prácticas, normas y narrativas que se aprenden, se repiten y se naturalizan desde la primera institución a la que pertenecemos. Entender esto no es para culpar a las familias, sino para reconocer que todas y todos cargamos disposiciones que conviene revisar.

La mejor forma de resistir estas narrativas es detenernos a verificar lo que damos por cierto. Preguntarnos de dónde vienen nuestras certezas sobre cómo "debería" comportarse una víctima. Revisar qué aprendimos en casa que hoy quizá necesitamos desaprender.

Desde Cosiendo Alas creemos que la prevención de la violencia institucional comienza en ese ejercicio: mirar con honestidad las instituciones que nos formaron —empezando por la familia— y preguntarnos qué disposiciones estamos reproduciendo y cuáles queremos transformar.